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Vialidades, las venas de la ciudad

El trazo de vialidades impulsó la urbanización y el crecimiento de la ciudad de México hasta convertirla en una de las más fascinantes del mundo. La asignación de una franja de terreno para la circulación de personas, el tránsito de carretas y posteriormente de automotores, reveló el dinamismo de la gran urbe.

Al hacer un poco de historia, encontramos que el crecimiento más notable que tuvo esta ciudad en su trazo urbano se registró en los siglos XVII, XVIII y la segunda mitad del XIX. Incluso hasta en los años de la Independencia aumentaron sus vialidades y cada calle, callejón, plaza, plazuela, acequia, canal, mesón, corral, barrio o prado recibieron nombres vinculados a su origen.

Pero desde la época de la Colonia ya tenía visos de gran ciudad, con calzadas que, sin embargo con su denominación daban fe de su ascendencia indígena como Apahuaxcan, Coconepa, Colgacatongo, Chiconautla, Guiguitongo, Xolalpan, Machincuepa, Mixcalco, Necaltitlán, Nahuatlato, Coajomulco, Cuautlán, Tepotzán, Tetzontlale, Tenexpa, Tecolote, Tlaxcaltonco, Tlaxcoaco, Tlaxpana y Zocoacalco.

Hoy se nos hacen familiares calzadas principales que conservaron sus nombres como Tacuba, Tepeyac e Ixtapalapa. Los nombres de sus pueblos aledaños tienen sus nombres antiguos: Tacubaya, Azcapotzalco, Tlalpan, Xochimilco y Coyoacán, entre otros.

Calles de Agua

El enorme asentamiento que hoy es el núcleo de la ciudad de México tuvo en su origen el agua. La historia señala que los aztecas fundaron Tenochtitlan en el centro de un lago, al que unieron con la tierra firme mediante la construcción de cuatro enormes avenidas.

También con la colonización, las primeras vialidades que se conocieron fueron las “calles de agua” o acequias -que incluso llevaron al cronista Francisco Cervantes comparar México con Venecia. Por ejemplo de Palacio, de la Colorada, de Cantaritos, de Granaditas, etcétera. Esos puentes fueron los precursores de las obras post revolucionarias que impulsaron los distintos gobiernos, como el Viaducto y algunas secciones del Circuito Interior.

Una referencia a las “calles de agua” se registró más recientemente, en la década de 1970, cuando se popularizó la canción “Mi Ciudad” del cantautor Guadalupe Trigo, que aunque es un homenaje a la gran urbe, en una parte alude a los orígenes lacustres de la antigua Tenochtitlan. Aún se preservan los canales de Xochimilco y Tláhuac, los que junto con otros como La Viga, se utilizaron desde los aztecas como vías fluviales para el transporte de mercancías y de personas. (Mi ciudad es chinampa en un lago escondido..., recita la letra de Trigo).

En la época de la Conquista se hicieron comunes los nombres de las calles a partir de ciertos personajes. Por ejemplo Puente de Alvarado recuerda el salto que salvó la vida al conquistador de ese nombre. La calle Ballesteros, en memoria de los soldados que usaban ballestas. O la de Bergantines, después Guatemala, en alusión a la vía lacustre que comunicaba a San Lázaro.

En La Ciudad de los Palacios, su autor Guillermo Tovar y de Teresa señala que muchas calles tomaron el nombre de los conventos que se ubicaban en ellas, como San Francisco, San Diego, San Agustín, Santo Domingo.

También algunos personajes de la ciudad dieron su nombre a ciertas calles. De la misma manera, los nombres de algunas se vincularon a leyendas como Don Juan Manuel, del Indio Triste o del Puente del Cuervo.

De la misma manera, la nomenclatura de entonces homenajeó a los jóvenes: la calle Donceles -y Doncellas- tiene ese origen. Los creadores de los nombres de las calles hicieron gala de la extravagancia, lo sugestivo, lo humorístico y lo divertido para bautizarlas. Si no, veamos algunos nombres de vialidades que fueron oficiales:

Chiquis, Chirivitos, de las Golosas, de Basilisco, de la Beata, del Diablo, de Delicias, de Espejito, de la Garrapata, del Monstruo, de Manito, de Maravillas, de las Mil Maravillas, del Olvido, de Pachito, de Papas, de la Polilla, de Ratas, del Ratón, el callejón Solito, Sal si Puedes, de Quién la Hizo, de Susanillo, de Tecomaraña, de Viborita o de las Verdes.

La Colonia heredó a la Independencia y etapas posteriores la nomenclatura de múltiples calles. Tovar y de Teresa afirma que las vialidades hechas entre los años de 1851 y 1871 fue a costa de tirar conventos y edificios valiosos. Por ejemplo en 1856 se abrió la calle Independencia a cambio del convento de San Francisco. La calle de Ocampo se abrió en 1861 en lugar del convento de San Bernardo. En el mismo año se hizo la calle Lerdo en detrimento del convento de Capuchinas, mientras que la de Gante se hizo donde estuvo la capilla Servitas, y así muchas otras calles tienen origen similar.


En 1867 inició la construcción de plazas y vialidades como la de Juan José Baz cuyas calles contiguas eran el Callejón de la Danza, de Jurado, Blanquillo, Manito, Puente de Curtidores y Muñoz, o la calle de La Providencia con las contiguas de Alconedo, y la primera y segunda de Revillagigedo, o la de López, cuyas contiguas eran Puente de San Francisco, Alameda, Mirador de la Alameda y Rebeldes, pero en 1857 se amplió más de seis metros.

En 1860 se abrió la de Santa María la Rivera, contigua a la Rivera de San Cosme. Un año más tarde se reveló la de Iturbide, contigua a Paseo de Bucareli. En 1868 se formaron las calles de las Artes, de la Primavera, del Olvido y de Gómez Farías. En 1869, las de Hidalgo, Guerrero y Miguelito, y en 1870, la de Soto.

Y si Adelita se fuera con otro...

Para los años de la Revolución las calles de la ciudad de México se transformaron. Tovar y de Teresa afirma que muchas de ellas se disfrazaron con edificios afrancesados pero conservando sus nombres “a pesar del ingeniero Roberto Gayol, quien en 1887 intentó establecer la nomenclatura numérica”.

En esa época se terminó de trazar 5 de Mayo en lo que fue el Teatro Principal. Igualmente se derribaron algunos portales para ampliar 16 de Septiembre. Así, la mayor ciudad mexicana llegó al año de 1910 “con traza y nomenclatura conservadas en un elevado porcentaje. San Juan de Letrán se trazó en parte de lo que fue Santa Brígida y el Hospital Real de Indios. 20 de Noviembre afectó varios edificios como San Bernardo o la Casa del conde de la Cortina, según Tovar y de Teresa.

Un nuevo rostro

La década de los años 70 del pasado siglo fue prolífica en loas a las calles de la ciudad. De entonces se recuerda también otra canción que registra uno de los nombres que ha tenido lo que hoy es el Eje Central Lázaro Cárdenas. El cantautor Sergio Esquivel decía San Juan de Letrán de siempre/ de todos los días/ de toda la gente/..., como un tributo a esa avenida que también se denominó Niño Perdido.


Hoy la ciudad de México, al ser una de las más grandes del mundo, tiene las vialidades más interesantes para propios y extraños. Por ejemplo, la avenida Insurgentes es la más larga, y Paseo de la Reforma la más ancha. También hay callejones, rinconadas y cerradas de las más cortas que se puedan encontrar en una urbe.

Pero a ese rostro de la ciudad, que se volvió clásico, se agregarían en los años 2003-2006 otras obras viales de gran magnitud que indudablemente habrían de modificar la concepción e imagen que por decenios tuvo la capital del país.

Sin duda todas estas vialidades son insuficientes cada día para la coexistencia de los más de 8 millones de habitantes del Distrito Federal y los casi 20 millones de la zona conurbada, sobre todo si se piensa en que cada hogar de la megalópolis tiene al menos un automóvil, ya sea para servicio privado de transporte o como fuente propia de ingresos.

Es así que el tráfico vehicular es uno de los problemas más severos que afrontan los capitalinos y sus visitantes, pues se estima que diariamente circulan aproximadamente tres millones y medio de automotores que transportan a unos 19 millones de personas y que adicionalmente requieren espacio para estacionarse.

Además, el crecimiento vehicular anual, complica la disponibilidad de espacios en el territorio de un Distrito Federal que contaba -a mediados del año 2003- con una red vial de 10 mil kilómetros de longitud.

Inventario de la infraestructura vial del Distrito Federal de acuerdo al Programa Integral de Transporte y Vialidad, 2001-2006
Vialidad Kilómetros
Anillo Periférico 58.83 Kilómetros
Circuito Interior 42.98 kilómetros
Calzada de Tlalpan 17.70 kilómetros
Viaducto 12.25 kilómetros
Viaducto Río Becerra 1.87 kilómetros
Calzada Ignacio Zaragoza 14.12 kilómetros
Radial Aquiles Serdán 9.80 kilómetros
Radial Río San Joaquín 5.46 kilómetros
Gran Canal 8.41 kilómetros
Subtotal 171.42 kilómetros
Ejes Viales 421.16 kilómetros
Arterias principales 320.57 kilómetros
Total de la vialidad primaria 913.152 kilómetros
Total de la vialidad secundaria 9,269.062 Kilómetros
Red vial total 10,182.212 kilómetros


Sin embargo, aproximadamente 10 por ciento, unos mil kilómetros, corresponde a las llamadas vías primarias. Esto es, los ejes viales, el Circuito Interior, el Viaducto y el Periférico.

Unos 9 mil kilómetros, el 90 por ciento de la infraestructura vial de la capital, corresponden a la red secundaria, que se integra por vías colectoras que enlazan con las vialidades primarias.

Para ofrecer referentes respecto al binomio transporte/vialidad, se debe precisar que las citadas Insurgentes y Reforma son vialidades primarias pero que no son ejes viales ni de acceso controlado. En las horas de tráfico vehicular intenso, son de las que registran las más intensas cargas vehiculares.

Vialidades de todos





Si en pocas palabras se quiere definir cada categoría de vialidad, se puede señalar que las de acceso controlado son vialidades que satisfacen la demanda de movilidad continua de vehículos en grandes cantidades. En su enlace con vialidades importantes, las vías de acceso controlado cuentan con auxiliares que van desde pasos a desnivel hasta distribuidores viales. Se les considera las vertebradoras de la red vial.

Cuando se habla de un tránsito urbano de largo recorrido que otorga amplia conectividad a la ciudad, se está considerando a vialidades que tienen una función principal en la distribución de dicho tránsito, como el Anillo Periférico y el Circuito Interior, también definidas como vías anulares.




En estas vialidades, la velocidad promedio en condiciones normales es de hasta 70 kilómetros por hora, pero los congestionamientos a determinadas horas del día -de las 6:30 a las 9:00- pueden hacer que el rodamiento llegue a los 8 kilómetros por hora.

Los viaductos Miguel Alemán, Tlalpan y Río Becerra son, a su vez, las vías de acceso controlado y teóricamente de flujo continuo que mayormente prefieren los usuarios. Su función también es comunicar altas demandas de viajes a puntos específicos de la ciudad. Por ejemplo si los vehículos proceden de Puebla, de Cuernavaca o de Toluca, las vías citadas son las adecuadas para llegar al poniente, al centro y al poniente, respectivamente.

Otras vialidades se diseñaron en función de satisfacer la demanda de viajes que tienen como origen o destino el centro de la ciudad. Estas son vías radiales, vialidades que ofrecen una circulación continua como lo son las calzadas Ignacio Zaragoza, Aquiles Serdán, Río San Joaquín, Avenida Gran Canal y también la calzada de Tlalpan.

Por su parte, los ejes viales son vialidades semaforizadas que forman una red en toda la ciudad. Muchos de los 31 ejes viales existentes se diseñaron con carriles exclusivos para vehículos de transporte público en sentido preferencial y en contraflujo, con opciones de salida a estaciones del Metro. También, la mayoría de ellos, “cruzan” la ciudad estableciendo una auténtica retícula.

Los ejes viales se distribuyen seis al norte, diez al sur, siete al oriente, siete al poniente, además del Eje Central Lázaro Cárdenas.

Otras vías principales complementan la estructura de la red vial primaria y son las que, por sus características geométricas y su capacidad para mover mucho tránsito, enlazan y articulan gran cantidad de ejes viales. Se caracterizan por su continuidad y sección transversal constante, varían en su trazo y condiciones de operación de acuerdo a la zona geográfica en que se ubiquen.

Del total de 30 vías principales, en el oriente de la ciudad se tiene una amplia red a diferencia de las zonas sur-poniente y nor-poniente donde la cifra es reducida debido a las dificultades que impone lo accidentado de su topografía. En el sentido norte-sur también hay carencia de estas vías que faciliten la distribución de los flujos vehiculares; las existentes tienen una traza en sentido poniente-oriente -por ejemplo Santa Lucía, Centenario, Las Águilas y Desierto de los Leones- que operan deficientemente.

La red vial secundaria, de más de 9 mil kilómetros de longitud, se integra por vías colectoras que enlazan a los diferentes centros urbanos con la red vial primaria. En diversas zonas registra situaciones de conflicto por falta de continuidad, sección transversal insuficiente, reducción de la capacidad por el estacionamiento indiscriminado, intersecciones conflictivas o sin semáforos, topes excesivos, mal diseñados, mal estado del pavimento, maniobras de carga y descarga sin horario establecido, cierre de calles con rejas o plumas e insuficiencia de señalación.

También existe una red vial terciaria o local, integrada por vías no continuas que facilitan la movilidad dentro de las zonas habitacionales o predios particulares, pero que su diseño no fue concebido para recibir tránsito intenso y pesado.

Del puente colonial a los “segundos pisos”

Cabe reconocer que en general los accesos carreteros de la ciudad -principalmente cinco: Cuernavaca, Puebla, Pachuca, Querétaro y Toluca- se convierten en zonas de tráfico conflictuado, pues por ellos circulan automotores de carga en forma importante que todos los días se mezclan con los vehículos de pasajeros y particulares. La infraestructura vial de la capital permite que diariamente se movilicen millones de personas, toneladas de bienes y de insumos múltiples

Pero el paso del tiempo y la expansión urbana también han complicado la capacidad de vialidades para el binomio hombre/automóvil. Una coexistencia cada vez más complicada que ha llevado a los distintos gobiernos, sobre todo desde 1997, imaginar nuevos esquemas de relación y de respeto al llamado espacio vital.

Por ello fueron diseñadas nuevas vías de acero y concreto, incluso por encima de algunas ya existentes, como una necesidad cuya satisfacción es ineludible para cualquier gobierno: los distribuidores viales, los complejos puentísticos y los segundos pisos de algunos tramos del Viaducto y Periférico.

La ciudad también cuenta con vías confinadas de crucial importancia para la urbe y su área metropolitana, el Metro suma más de 200 kilómetros de estas vías que paulatinamente se han convertido no sólo en las más seguras y confiables de la urbe, sino también las que permiten velocidades sostenidas que permiten arribar con mayor rapidez al destino.

Aunado a ello, otra alternativa vial, aunque con otras características, empezó a ganar terreno en el imaginario colectivo. Nos referimos a los espacios exclusivos para bicicletas, las ciclopistas, que se pensaron para los ciclistas con un sentido de esparcimiento en una determinada cantidad de calles. En estos esquemas se busca que la bicicleta le gane espacios al automóvil.

Durante los últimos gobiernos estos proyectos empezaron a perfilarse, incluso aprovechando algunas rutas anteriores, para dar forma a tres principales cliclozonas mediante la habilitación de una red de vialidades:

La Roma-Condesa, que aprovecha las calles Chapultepec, Sonora, Oaxaca e Insurgentes, principalmente. Esta ciclozona se habría de vincular a la otra diseñada en la antigua vía del ferrocarril a Cuernavaca. Finalmente, una tercera pista para ciclistas habría de ser la de Coyoacán-Ciudad Universitaria.