Paseo
de la Reforma
Bordeada
por enormes edificios, oficinas, lujosos hoteles, restaurantes, cines,
sucursales bancarias, en el número 365 de Avenida Reforma asoma la fachada de
una antigua casona tipo chalet alpino, uno de los últimos resquicios de lo que
antes fue el Paseo Degollado y, antes, el Paseo de la Emperatriz.
En esta época de avances
tecnológicos, celulares, vías rápidas, automóviles y tránsito pesado, pocos,
muy pocos, se detienen a pensar sobre el origen de las principales vialidades
de esta gran ciudad y por qué se llaman así.
Tal vez el lector no sepa que
la construcción de una de las principales vías del Distrito Federal -hablamos
por supuesto del Paseo de la Reforma- se remonta a la época del emperador
Maximiliano y la emperatriz Carlota.
Fue en 1864, tras la guerra de
Reforma, cuando un grupo de conservadores apoyados por el gobierno francés
quisieron imponer a toda costa un gobierno de tipo monárquico para el que
escogieron al emperador Maximiliano de Absburgo y a su esposa la emperatriz
Carlota Amalia, como soberanos del reino, del que creían tener su apoyo.
Al llegar a México tuvieron que
buscar un lugar que cumpliera con las expectativas de vida que llevaban en
Europa, así que se instalaron en el Castillo de Chapultepec. La distancia entre
éste y el Palacio Nacional, que era donde despachaba Maximiliano, hizo
imperiosa la necesidad de Maximiliano, de construir una vialidad que le
facilitara el trayecto.
Se dice
también que los celos de la Emperatriz Carlota por las continuas ausencias de
su esposo, quien argumentaba exceso de trabajo en Palacio Nacional para no
regresar al Castillo, tuvieron que ver en la decisión de construir la obra.
Como haya sido, Maximiliano
-quien tenía especial gusto por el diseño de grandes obras- reunió para el
diseño de la avenida a un equipo que incluía arquitectos y artistas de primera
línea que podían llenar sus expectativas. Entre ellos se encontraban el
arquitecto Ramón Rodríguez Arangoiti, y Felipe Sojo, Miguel Noreña y Santiago
Rebull, artistas de la Academia de San Carlos. Una vez que establecieron el
diseño, el ingeniero en minas Luis Bolland Kuhmackl, se encargó del proyecto
constructivo.
La ejecución de las obras quedó
a cargo del Ministerio de Fomento, Colonización, Industria y Comercio que encabezaba
Luis Robles Pezuela, mientras que el contrato se concedió a Juan y Ramón Agea.
Se cree que el nuevo Paseo, con
amplias y arboladas avenidas, no tuvo un nombre definido durante el corto
gobierno de Maximiliano y Carlota y que sólo se le conocía como el Paseo de la
Emperatriz, o del Emperador. Otra versión apunta a que fue exactamente en honor
a Carlota, que se le llamó el Paseo de la Emperatriz.
Derrocado el gobierno
monárquico de Maximiliano, al triunfo de la República, en 1867, el Paseo obtuvo
su primer nombre oficial: Paseo Degollado, que se mantuvo durante el Gobierno
del Presidente Benito Juárez.
Para entonces, el Paseo carecía
de elementos urbanísticos. Tras la muerte de Juárez y durante el período
presidencial de Sebastián Lerdo de Tejada (1872-1876) se reiniciaron las obras
de ornato y urbanización del paseo.
Se le añadieron las franjas
laterales para darle mayor amplitud al paseo, se plantaron árboles, se
colocaron las primeras bancas y se inició la construcción del Monumento a
Colón, en la Glorieta que lleva el mismo nombre.
Mediante un decreto de 1872 y
tras la promulgación de las Leyes de Reforma, la avenida fue renombrada como
Paseo de la Reforma nombre con el que la conocemos hasta hoy.
El Paseo cobró auge durante la
dictadura de Porfirio Díaz. Al inicio de su primer periodo presidencial, en
1877 inauguró la glorieta con el Monumento a Colón y luego ordenó la
construcción de bancas de cantera y la colocación de pedestales sobre los que
se colocaron grandes jarrones bordeando la calzada central.
Se pensaba alternar los jarrones con personajes de la mitología
griega pero, en 1887, Francisco Sosa, periodista y académico en aquella época,
propuso al gobierno de Porfirio Díaz que en lugar de eso se colocaran estatuas
de personajes relacionados con el movimiento de la Reforma.
La propuesta se aceptó en 1888
y se otorgaron dos pedestales a cada estado de la república. En 1895 se
inauguró la primera parte de estatuas y jarrones que quedaron instaladas en el
tramo comprendido entre las glorietas de Carlos IV y la del Monumento de
Cuauhtémoc.
Con el
correr de los años, se fueron colocando el resto de estatuas en el tramo que va
de Cuauhtémoc a la Columna de la Independencia y desde Carlos IV hasta la
Glorieta de Cuitláhuac
Con el fin de realzar la belleza
del paseo, se inició la construcción de las primeras casas, en 1882.
En 1891, se dispusieron dos
estatuas más sobre lo que se conoce como la Glorieta del Caballito. Las
estatuas corresponden a la figura de dos de los emperadores (tlatoanis)
aztecas, el cuarto que fue Itzcóatl y el octavo que fue Ahuízotl y que se les
conoce como Los Indios Verdes. Sin embargo, fue relativamente corto el tiempo
que permanecieron allí pues, para 1901, fueron trasladadas a los costados del
Canal de la Viga.
En 1889 el Gral. Díaz aprobó la
propuesta de José Ives Limantour para que el Paseo de la Reforma se dividiera
transversalmente en tres secciones, con jardines a los lados.
Eran finales del siglo XIX
cuando el Paseo de la Reforma quedó constituido como el Eje Urbano y Paisajístico
más importante del país. Para principios del siglo XX tenía ya una longitud de
3.5 Kms.
Con el fin de celebrar las
fiestas del Centenario, el Gral. Díaz mandó construir en la cuarta glorieta del
paseo, un monumento dedicado a la Independencia con un proyecto realizado por
el Ing. Lorenzo de la Hidalga. La obra se inauguró al cumplirse 100 años de la
Independencia, en 1910.
Los festejos también incluyeron
el inicio de la construcción del Teatro Nacional, hoy Palacio de las Bellas
Artes; el Palacio Legislativo, hoy Monumento a la Revolución y el edificio del
Palacio Postal, hoy Correo Central.
Después del periodo de la
Revolución, el Paseo de la Reforma, que no sofrió grandes daños durante la
lucha, empezó a poblarse cada vez más con grandes palacetes afrancesados,
construidos por gente acomodada que huía de la guerra civil.